28 jul 2012

Comieron de prisa, se saltaron el postre y pasaron del café. Era como si las confesiones que se habían hecho les hubieran liberado de las poses, los rodeos, los amagos y las farsas habituales en estos casos. Ella estuvo callada mientras él la conducía a través de la ciudad hasta la puerta de su casa. Una vez ahí, detuvo el coche y apagó el motor. Ella se quedó sentada con la vista puesta en el dúplex que ocupaban sus padres. Supuso que estarían mirando.
Robinson empezó a decir algo, pero no lo escuchaba. En lugar de eso, se volvió hacia él y le susurró con una intensidad que le sorprendió incluso a ella: 
-Llévame a otro sitio, Walter. Adonde sea. A cualquier sitio. A tu casa. O a un hotel, un parque, la playa. Me da igual. Pero que sea otro sitio. 
Se la quedó mirando un momento. Y entonces se abrazaron y sus labios se juntaron ardorosamente, y ella tiró de él, pensando que estaba sacudiéndose la soledad y los problemas de toda su vida, y esperaba que, de algún modo, el peso de aquel hombre apretujado contra ella estabilizara el huracán de emociones que sacudían su interior.

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