26 oct 2011

-Tienes derecho a odiarme- dijo entonces.
   -¿Odiarte? ¿Por qué iba a odiarte?
   -Te mentí- dijo Marina-. Cuando viniste a devolver el reloj de Germán, ya sabía que estaba enferma. Fui egoísta, quise tener un amigo... y creo que nos perdimos por el camino.
Desvié la mirada a la ventana.
   -No, no te odio.
Me apretó la mano de nuevo. Marina se incorporó y me abrazó.
   -Gracias por ser el mejor amigo que nunca he tenido- susurró a mi oído.
Sentí que se me cortaba la respiración. Quise salir corriendo de allí. Marina me apretó con fuerza y recé pidiendo que no se diese cuenta de que estaba llorando.
   -Si me odias sólo un poco, el doctor no se molestará- dijo entonces-. Seguro que va bien para los glóbulos blancos o algo así.
   -Entonces  sólo un poco.
   -Gracias.

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