5 ago 2011
Sus brazos me apretaron bruscamente, alzándome del suelo y sujetándome los hombros para que no me pudiera caer. Después empezó a correr otra vez, llevándome en brazos. Sus manos no eran rudas como antes sino qe en ves de eso me acunaban contra su pecho. Atravezó corriendo la plaza, ignorando las sorprendidas y desconfiadas caras. Sucedían demasiadas cosas extrañas e incómodas en las cuevas. Él no se detuvo hasta qe no llegamos a las puertas qe se apoyaban contra la entrada de la habitación. Se qedó de pie, con el pecho agitado por el esfuerzo y la ira. Inspiré muy hondo para tomar aire y me arrodillé, con las manos extendidas, las palmas hacia arriba deseando qe algún tipo de recurso mágico apareciera en ellas: algo qe pudiera darle, algo qe pudiera decirle; pero mis manos estaban vacías. Salté hacia atrás y, bruscamente, él se echó hacia adelante de rodillas, hacia mi. Enterró la cabeza en mi estómago y me rodeó la cintura con los brazos. Temblaba violentamente, con grandes sacudidas, mientras unos sollozos desesperados rasgaban su pecho. Lloramos sin decir una palabra durante mucho tiempo. Sus lágrimas se se secaron antes qe las mías. Se incorporó y me abrazó. Esperó a que yo pudiera hablar. Volvió a cerrar sus ojos. Sus pestañas negras estaban empapadas en lágrimas. Vi cómo brillaban. Le aferré el rostro con más fuerza entre las manos y me alcé dentro de sus brazos hasta qe nuestros labios se tocaron.
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